DESCUBRIMIENTO DEL SEPULCRO DEL APÓSTOL SANTIAGO

 

 

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Corría el año 813 cuando un ermitaño de nombre Pelayo (Pelagio), divisa una noche una serie de luces o caída de estrellas sobre un bosque cercano, llamado Libredón (ya había tenido antes una revelación de los ángeles en sueños, que le dijeron que eran los restos del Apóstol).  Sorprendido por el milagro observado, va en busca del obispo de Iria Flavia (Teodomiro) que también puede observar el mismo fenómeno.

Tras 3 días de ayuno el citado obispo encontró un sepulcro de piedra que contenía 3 cuerpos (el Apóstol y sus dos discípulos) y conocedor de las tradiciones orales que decían que Santiago estaba enterrado en Galicia, reconoció el hecho acaecido como un milagro y avisó al rey astur Alfonso II el Casto, que visitó el lugar, convirtiéndose en el primer peregrino de la historia, y mandó construir una capilla en honor al Apóstol.

La Concordia de Antealtares (escrito del año 1.077) ya recoge la descripción de este hecho:

“No hay duda alguna y para algunos es claro, como el testimonio del Papa León, que el bienaventurado Apóstol Santiago, degollado en Jerusalén y llevado por sus discípulos a Joppe (Haifa), y después de algún tiempo fue trasladado por el mar al extremo de Hispania, guiado por la mano de Dios, y fue sepultado en el extremo de Gallecia permaneciendo oculto mucho tiempo. Pero como la luz en las tinieblas, o una candela bajo el celemín no pueden permanecer mucho tiempo, con la ayuda de la divina providencia, en tiempo del serenísimo rey don Alfonso, llamado el Casto, un anacoreta de nombre Pelayo, que vivía cercano del sepulcro del Apóstol, tuvo en principio una revelación por medio de Ángeles: después se manifiesta como muchas lucecitas a los fieles que estaban en las iglesias de San Félix de Lovio; los que buscando consejo, visitaron al obispo de Iria Teodomiro y le contaron la visión. El cual, después de un ayuno de tres días, con gran cantidad de fieles, encontró el sepulcro del bienaventurado Apóstol, cubierto con piedras de mármol. Y, lleno de enorme alegría llamó enseguida al citado religiosísimo rey; el cual como era guardador de la castidad y amador de la santidad se apresuró a construir de momento una iglesia en honor del mismo Apóstol…”

De la capilla inicial (año 813), se pasó a una iglesia (en el año 829), una iglesia prerrománica en el año 899 y, años más tarde (en el 1.075), se inicia la construcción de la Catedral, bajo el reinado de Alfonso VI. De todas estas construcciones se conservan restos arqueológicos que lo corroboran.

Según el libro “La Historia compostelana”, el obispo Teodomiro ordena trasladar su residencia desde iria Flavia hasta el lugar donde se guardan los restos venerados.