SAN ATAULFO Y EL TORO

 

 

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Según José Filgueira Valverde, es uno de los milagros más antiguos atribuidos al Apóstol Santiago y se recoge en el Cronicón Iriense y la Historia Compostelana (escrito a principios del siglo XII y que sitúa el milagro en la ciudad de Santiago, durante la segunda mitad del siglo X). En él se cuenta que el arzobispo de Santiago, Ataulfo II, fue falsamente acusado por sus rivales y criados, ante el rey, de pecados nefandos (que normalmente se refieren a relaciones homosexuales o con animales).

 

El rey, que probablemente era un joven Alfonso III (o Bermudo II, según otros autores), dio crédito a la denuncia y sometió al Prelado al juicio de Dios, que consistió en exponerlo en la plaza de la villa a la furia de un toro bravo, espoleado por el griterío del pueblo allí congregado.

 

El día de autos, Ataulfo salió a la plaza, después de decir misa, vestido con los ornamentos pontificales y, seguro de su inocencia, esperó tranquilamente la embestida del astado.

 

Cuando el toro llegó a su altura, frenó en seco, bajó la cabeza mansamente en señal de respeto y puso sus astas en las manos del arzobispo, demostrando así su inocencia.

 

Otros autores, que citan un relato de Acipilón, sitúan el milagro en la plaza de la iglesia de San Salvador, en Oviedo, y que San Ataulfo fue acusado ante el rey de conspiración y tener acuerdos con los moros para entregarles las tierras de Galicia.

 

También cuentan que, cuando agarró los cuernos del toro, éstos quedaron en sus manos; entonces regresó al templo y los depositó en el altar mayor, en señal de agradecimiento por lo que había acontecido.

 

Se dice que las astas estuvieron expuestas durante muchos años en la capilla mayor, hasta que un obispo ordenó retirarlos (ya en el siglo XIX).